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Friedman y Keynes Parte 2. Carlos Goedder
Diario 2001 21/01/08

FRIEDMAN y KEYNES, parte 2

Por: Carlos Goedder

 

Milton Friedman, en su obra Capitalismo y Libertad, aporta más estadísticas que ayudan a dibujar la catástrofe estadounidense que fue la Gran Depresión:

“En los seis meses transcurridos entre agosto de 1931 y enero de 1932, casi uno de cada diez bancos suspendió operaciones y el total de depósitos en los bancos comerciales cayó en 15%.”

Lo peor de tal cuadro es que entonces había un consenso de teoría económica incapaz para entender qué ocurría y cómo cambiarlo. La sabiduría convencional de aquel entonces reposaba en la Ley de Say, según la cual un incremento de oferta genera su propia demanda, supuesto a partir del cual se podía llegar a deducir que una situación de parálisis en la producción y desempleo tenía una solución inmediata mediante la reducción del salario real. Según esta lógica, si había desempleo durante la Gran Depresión era porque la intervención de sindicatos mantenía los salarios elevados o bien porque los trabajadores rechazaban los empleos peor pagados. El prólogo de Robert Lekachman, editor de Crítica de la Economía Clásica (Ariel, 1982), resume tal lógica:

“·De ahí que un trabajador ofrecerá sus servicios sólo en la medida en que la satisfacción que prevé va a obtener de sus mayores ingresos exceda la [pérdida de bienestar] en que incurre al trabajar más. (…) De este resultado, se infería otra generalización: una situación de paro general debe entenderse como el resultado de elecciones voluntarias de los desempleados. Seguramente fue una suerte que el ciudadano corriente no tuviera conocimiento de esta doctrina durante la Gran Depresión”.

Keynes construye teoría nueva, partiendo de una función de consumo cuyas principales características se corroboraron favorablemente antes de que el Nobel 1971 Simon Kuznets encontrara algunas inconsistencias empíricas. Milton Friedman, en la compilación de Lekachman, describe la innovación keynesiana:

“Keynes dio por supuesto que el gasto en consumo presente es una variable que depende en alto grado, y según una función estable, de la renta presente. (…)Cuando aumenta la renta real, el consumo no aumenta nunca en una cantidad absoluta igual, y afirmó de manera menos precisa que ‘como regla general…, se ahorra una mayor proporción de la renta a medida que crece la renta real. (…) El gasto en consumo se hallaba estrechamente correlacionado con la renta, la propensión marginal al consumo era menor que la unidad, y la propensión marginal era menor que la propensión media, de manera que la proporción de renta ahorrada aumentaba con la renta”.

La construcción keynesiana añade otros refinamientos. Ahora bien, la función de consumo da la clave de la salida a la depresión económica. Por cada un dólar que alguien gaste, el que recibe este dinero ahorrará una parte y gastará el resto; este “resto” será el ingreso de otro ciudadano –un vendedor, un prestador de servicios o un empleado- y este a su vez gastará sólo una parte… Si la gente ahorra un dólar por cada tres dólares que le ingresan,  cada dólar de gasto adicional generará, por esta correa de transmisión de transacciones que se ha descrito,  [1 ÷ (1/3)] de ingreso para el conjunto de la economía, es decir, 3 dólares (matemáticamente, se trata de una progresión geométrica). Este es, de manera didáctica, el ‘multiplicador keynesiano’. Conclusión ante el desempleo generalizado: que el gobierno salga al rescate, gaste algo más y se pondrá en marcha el multiplicador, elevando el ingreso y el ahorro en niveles absolutos, junto con la producción y el empleo. Una vez dado el “pistoletazo de salida” a la recuperación, el gobierno podrá volver a su gasto normal.

La objeción de Friedman es inicialmente pragmática y tiene que ver con las demoras burocráticas del rescate: “Muchos de los programas sólo entran en ejecución cuando ya la recesión ha pasado. Por ello(…) tienden a exacerbar la exitosa expansión en lugar de mitigar la recesión”.  Luego, añade varios escenarios  que cuestionan la validez teórica del multiplicador.

Resumiéndolos, la primera debilidad es cuando el gasto público simplemente reemplaza los desembolsos que antes realizaban los particulares – la administración pública “regala” lo que antes los ciudadanos pagaban y, en lugar de comprar bienes o servicios nuevos, la gente guarda en el bolsillo ese dinero que antes gastaba -. En suma, lo que inyecta el Gobierno se ve exactamente contrarrestado por un menor gasto privado. En otro caso hipotético, el aporte de dinero del gobierno se hace mediante emisión de deuda pública: se consigue que la gente traspase ahorros –‘dinero ocioso’- al gobierno (comprándole los bonos) y la administración pública dedica estos recursos al gasto; sólo que para mantener esta dinámica, el gobierno tendrá que recurrir a ofrecer mayor rentabilidad, conduciendo a que se eleve el tipo de interés que sirve de referencia a toda la economía. Este mayor precio del dinero termina disuadiendo a la gente de consumir, por lo cual nuevamente hay “fugas” imprevistas en el multiplicador.

Friedman opina que, incluso si se quiere recurrir a la política fiscal expansiva, se hace menos daño rebajando los impuestos que incrementando el gasto público. Y considera que una política fiscal consistente con el liberalismo es: “planear los programas de gasto [público] enteramente en términos de qué la comunidad quiere hacer a través del gobierno en lugar de por cuenta propia, y sin ninguna preocupación por los problemas de estabilidad económica anuales”.

El desorden fiscal puede dispararse bajo el argumento del multiplicador, en lugar de iniciarse un círculo virtuoso. En el prefacio de Capitalismo y Libertad, Friedman menciona que en EUA, para 1956, el gasto público representaba 26% del PIB, siendo la mitad destinado a defensa nacional; en 1982 el gasto gubernamental había escalado a 39% del PIB y apenas la quinta parte iba a seguridad nacional… Incluso tras las políticas de Reagan, más amigables con Friedman, el gasto público seguía en 36% del PIB en 2000. El gasto gubernamental llegó para quedarse en la arena económica. Nunca Keynes apoyaría tal hipertrofia.

 

La opinión del autor es independiente.

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carlosurgente@yahoo.es

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