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Postulados Liberales en Tío Tigre y Tío Conejo. Carlos Goedder
Diario 2001 07/04/08
Postulados Liberales en Tío Tigre y Tío Conejo.
Por: Carlos Goedder
Tío Tigre y Tío Conejo fueron, para los niños venezolanos, una suerte de “Tom y Jerry”, cuyas anécdotas solían ser publicadas en aquellos formidables textos de Ediciones Kuai Mare y Banco del Libro. Releyendo de adulto la colección original de relatos protagonizados por estos personajes se le agrega más valor que el de simple nostalgia infantil. De alguna forma su autor, Don Antonio Arráiz (1903-1962), preso político entre 1928 y 1935, viene a ser una suerte de Esopo venezolano.
La colección de relatos Tío Tigre y Tío Conejo escrita por Arráiz fue publicada inicialmente en 1946 por el Ministerio de Educación. La edición a la que acudo es la sexta, publicada en 1995 por Monte Ávila Latinoamericana. La obra es secuencial, por lo cual dista de ser una compilación de relatos cortos. También rehúye la clasificación como fábula: si bien el autor recurre a protagonistas animales, apela a una intención moralista y deja sentencias varias, los textos tienen argumentación más compleja. Un conjunto de seis capítulos muestran la oposición entre el poderoso tigre, caudillo que gobierna apelando a la fuerza, y el humilde conejo cuya debilidad es compensada por la astucia.
En medio de esta lucha, aparecen diferentes caracteres, destacando especialmente los oligárquicos Ña Guacharaca, el profesor Mochuelo, Misia Baba y el General Caricare, siendo este último quien mejor expresa el desprecio por los humildes: “¿Qué necesidad hay de pruebas para condenar a un pobre diablo?”; a estos personajes se oponen, silenciosamente, una serie de animales modestos, como el poeta Cucarachero, la maestra Doña Periquita, el Caballito del Diablo, el Cachicamo y el Pájaro Carpintero. Estos oprimidos por el status quo tienen su adalid en el carpintero Tío Conejo, único que resiste la tiranía de Tío Tigre.
Se puede entender los relatos protagonizados por el tigre y el conejo como una denuncia contra la opresión, especialmente la que es ejercida por el propio gobierno. Entre los relatos figuran las escasas miras del gobernante Tío Tigre, interesado en expropiar con fines militares el samán que alberga el colegio. Las ineficiencias gubernamentales en política social están acompañadas de un continuo atropello a la propiedad, elaborándose decretos que interfieren con los frutos del trabajo realizado por los animales más pobres. Estas dos frases captan las miserias de semejante poder gubernamental:
“En disgustar a alguien estriba precisamente la esencia de la utilidad pública. El único oficio de la autoridad consiste en disgustar y si no disgustase a alguien, ninguna razón tendría para existir” (frase del Cigarrón, asistente de Tío Tigre).
“Ningún animal tendrá libertad para trabajar, para sembrar, para buscar su vida (…) Ningún animal tendrá libertad para nada, ni aún en los abiertos campos de Dios, porque le caerán encima, lo atropellarán, lo maltratarán, lo conducirán a la fuerza como a un criminal, y lo arrojarán al fondo de una cárcel pestilente donde se pudrirá el resto de su vida”. (Frase de Tío Conejo).
Es precisamente la libertad el bien que los miembros del orden establecido quieren restarle a los humildes. La oligarca Doña Guacharaca es elocuente al respecto: “Ahora cualquier quídam pretende vivir independientemente. No hay jerarquías, no hay respeto, no hay consideración social… Los animales más andrajosos quieren alternar con la gente decente y todo desarrapado bicharraco presume de libre. ¡Libre! Como si pudiera ser libre quien no tiene qué echarse encima…”.
Para romper con este estancamiento social, el relato de “La periquita Julieta” apela a la educación. En contraposición al proselitismo de Tío Tigre y sus leyes, la humilde maestra opone el poder educativo: “Leyes, estatutos, reglamentos: papeles que el viento trae y que el viento lleva. Al lado de las nuestras ¿Qué son las pobres huellas superficiales que ustedes [los gobernantes] dejan con tanto trabajo sobre la epidermis de los pueblos? A lo más es sólo un ropaje que pronto mudarán. (…) ¿Qué es la política enfrente de la cultura? Nosotros [los maestros] plasmamos lo único perdurable de un pueblo, su fisonomía espiritual; lo único, que en fin de fines, puede implicarle su desdicha o su felicidad.”.
Y lejos de clamar por revoluciones ruidosas, Tío Conejo se opone a liderar un alzamiento popular y apela a la libertad individual como terapia social:
“No compañeros. Es inútil. No es este el camino. Derramaremos sangre, destrozaremos vidas, derrocaremos, por la violencia, un gobierno que se sostiene por la violencia; y por la violencia necesitaremos continuar sosteniéndonos (…).
Dejemos para otros pueblos, para otras razas, para otros seres estúpidos, atormentados y despreciables, dejemos a los hombres la ciega credulidad en la virtud todopoderosa de la política; y trabajando nosotros día a día, en el silencio de nuestros afanes solitarios, en el empeño de elevarnos cada vez más, de perfeccionarnos nosotros mismos y de elevar con ello el nivel de la vida de nuestros semejantes, en la callada labor heroica de nuestros talleres, fábricas, campos, laboratorios y bibliotecas, lleguemos a tal grado de superación que esa misma política, que ahora se nos antoja sustancial, se muestre reducida a su risible insignificancia…”.
Qué arenga tan diferente de la que legó Don Ezequiel Zamora, un personaje al cual rinde culto el gobierno actual, en su proclama del 7 de marzo de 1859: “Compatriotas: evitemos en lo posible la efusión de sangre; pero que se derrame y se formen hecatombes, si así lo quieren los victimarios, los enemigos jurados de la libertad”. Esto explica que la Guerra Federal promovida por Zamora resultase en el exterminio de entre 8% y 11% de la población venezolana (Diccionario de Historia de Venezuela, Fundación Polar, 1997). Señala elocuentemente Don Jacinto Pérez Arcay (La Guerra Federal. Consecuencias. CONATEL, 1998):
“Cuando a una clase dirigente no se la reemplaza con otra de los mismos o superiores quilates, la economía se estanca y la sociedad se deforma”.
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