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Fermín Toro opina sobre el primer fracaso del liberalismo en Venezuela. (La Ley del 10 de abril de 1834, parte 5). Carlos Goedder
Diario 2001 21/04/08

Fermín Toro opina sobre el primer fracaso del liberalismo en Venezuela

(La Ley del 10 de abril de 1834, parte 5)

Por: Carlos Goedder

                                                           

Continúo la serie referente al aparente fracaso de la Ley de Libertad de Contratos de 1834, antecedente del liberalismo económico venezolano, cuya vida fue corta, apenas catorce años. La confianza en los mecanismos privados para negociación de préstamos fue sustituida por una reglamentación de las tasas de interés en 1848. Lejos de ser un problema de antaño, el debate sobre la libertad económica, las restricciones gubernamentales a los negocios bancarios y el papel del Estado cuando hay crisis financieras es un tema de urgente actualidad. Esto confiere relevancia a las consideraciones que sobre estos asuntos hizo el venezolano Fermín Toro en su ensayo de 1845, titulado Reflexión sobre la Ley del 10 de abril de 1834.

El andamiaje teórico de Toro se construye sobre una base a la que se llega tras escarbar un buen trecho de sus páginas. Se trata de la crítica a los supuestos conductuales de la economía decimonónica. Toro dice:

“…El dinero es una mercancía como cualquiera otra; las cosas valen lo que se da por ellas. Por lo menos es preciso confesar que esta ciencia es muy cómoda y fácil, y se da mucho la mano con la teoría moral que explica toda acción humana por el principio de utilidad. Después de este descubrimiento nadie ha debido atormentarse proponiéndose problemas morales ni estudiando las propensiones del corazón humano. No hay entonces por qué hacer distinción entre nobles y viles pasiones (…); la utilidad guía al hombre, y no hay más que error de cálculo entre el vicio y la virtud”.

A este estilo de razonamiento, el moralista Toro opone este principio de conducta: “…La ley para la sociedad es esta: Busca el bien por sólo el bien; ahora, la ley para el individuo es: Obra de manera que tu acción pueda servir de regla para las acciones de todos”.

Esta crítica al utilitarismo tiene sus ecos a inicios del Siglo XX. En el ensayo Mis Primeras Creencias, de 1938, J.M. Keynes también critica al utilitarismo decimonónico, en su versión original concebida por J. Bentham. Al hablar de la “tradición benthamita”, Keynes expresa “…Ahora veo a esta última como el gusano que ha estado royendo las tripas de la civilización moderna y es responsable de su actual decadencia moral. (…) Es más, fue esta escapatoria de Bentham, unida al insuperable individualismo de nuestra filosofía, lo que sirvió para protegernos a todos de la definitiva reducción al absurdo del benthamismo conocida como marxismo”.

La propuesta utilitarista por Jeremy Bentham (1748-1832) data, según señala el brasilero Paulo Sandroni en su Novísimo Diccionario de Economia, de la publicación en 1789 de la obra Una Introducción a los Principios de la Moral y la Legislación. Dice Sandroni que Bentham “considerando que apenas el egoísmo y la búsqueda de la felicidad motivan la conducta humana, defendía un sistema de gobierno que armonizara los intereses, garantizando la mayor satisfacción posible al mayor número de personas”.

En lenguaje del Siglo XX, lo que hace Toro es oponer a este utilitarismo un enfoque kantiano. Tal contraposición se adopta en la obra seminal La Ética en los Negocios de D. Robert E. Frederick (Oxford University Press, 1999). El filósofo Emmanuel Kant (1724-1804) habría propuesto como eje de la conducta humana moral: el “imperativo categórico”. Frederick lo resume así: “A menos que el principio en el que se basan nuestros actos pueda universalizarse, hacer una excepción de nosotros mismos es inmoral”. Y concluye: “Una de las principales implicaciones de la ética de Kant es que actúa como una crítica moral de las estructuras organizacionales jerárquicas y autoritarias”. A esta corriente se opondría la lógica utilitaria, que Frederick enuncia así: “El utilitarismo es una teoría ética fundamentada en las consecuencias. Es una teoría ética porque se ocupa de establecer si las acciones humanas son buenas o malas; es ‘consecuencialista’ porque nos dice que el hecho de que un acto sea bueno o malo está determinado exclusivamente por las consecuencias y no por ninguna característica del propio acto”.

El préstamo con intereses altos, por ejemplo, sería ético para el utilitarista al ser benéfico socialmente, ya que la aplicación por el conjunto de la sociedad resulta en una mayor disponibilidad de capital, la cual financiará nuevos emprendimientos empresariales y a la larga tal abundancia de capital conducirá a que caiga la tasa de interés; por el contrario, el “kantiano” opinaría que es inmoral un prestamista que cobra un interés al cual él mismo consideraría caro un crédito. En suma, el “kantiano” va en la línea de “no hacer a otros lo que uno no quiere que le hagan”, mientras el utilitario diría que “se haga lo que trae consecuencias generales útiles”.

La introducción de los matices kantianos a la teoría liberal sería un aporte a destacar. Incluso es interesante, según lo expuesto, verificar cómo una lógica estrictamente utilitaria puede conducir a que un gobierno totalitario decida lo que es benéfico para la sociedad en su conjunto y fundamente una economía estatalizada en tales “consecuencias útiles”. Un escenario que Toro rechaza categóricamente; como buen estudioso de la tradición grecorromana, Toro considera el primer experimento de corte socialista que habría adoptado en la Antigua Esparta, durante el Siglo IX a.C., el legislador Licurgo:

“La dificultad de conciliar la armonía social con la desigualdad de las fortunas y las desordenadas pasiones que engendra la avaricia condujo a los legisladores de Grecia a la adopción de ciertos principios que, cualquiera que haya sido su éxito en la ejecución y por atrevidos y robustos que parezcan, encierran un gran vicio, y es nada menos que ser incompatibles con el pleno desarrollo de las facultades del hombre y con el progreso legítimo de la sociedad. Creyendo insuperables los inconvenientes de la riqueza, juzgaron que era necesario impedir su formación. Quisieron que todos los ciudadanos fuesen pobres, pensando de este modo salvar mejor la igualdad”.

 

La opinión del autor es independiente.

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