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Humboldt, el liberal, parte 2. Carlos Goedder
2001, 09/06/08

HUMBOLDT, EL LIBERAL (parte 2)

                                                                                      Carlos Goedder

                                   Cedice Libertad

www.cedice.org.ve

www.carlosgoedder.com

 

A la profesora de literatura María Elisa Nuñez, por enseñar a amar la belleza de la palabra.

 

“Los obstáculos reavivan las energías y agudizan el ingenio; tan sólo aquellos que son fruto de las injusticias de los hombres obstruyen sin reportar ningún beneficio. Mas, entre estos, no se puede contar la terquedad humana, que si bien puede ser doblegada en determinadas circunstancias por las leyes, sólo puede ser corregida por medio de la libertad”.    W. Von Humboldt. Los Límites de la Acción del Estado.

 

En la entrega anterior (disponible en www.carlosgoedder.com) inicié la serie dedicada al trabajo favorable a la libertad realizado por  D. Wilhem von Humboldt (1767-1835), hermano del “segundo descubridor de América”, D. Alexander von Humboldt (1769-1859).

D. Wilhem optó por recorrer el mundo de las ideas, especialmente la filosofía del lenguaje y la educación, con el mismo tesón aplicado por D. Alexander para transitar la naturaleza americana. En su vida más sedentaria, D. Wilhem emuló a su hermano coronando cimas del pensamiento y vadeando las turbulentas corrientes humanas existentes en el servicio público.

La principal reflexión liberal de D. Wilhem es la obra, escrita en 1792 y publicada póstumamente, Los Límites de la Acción del Estado. Estoy empleando la versión castellana, con estudio preliminar, traducción y notas de Joaquín Abellán, publicada por  Editorial Tecnos. (2002).

El principio fundamental sobre el que construye su línea de razonamiento W. Humboldt es una elevada concepción respecto al ser humano. El Hombre para Humboldt está en búsqueda de su realización personal y la libertad es la única forma de conseguir transitar exitosamente esta epopeya individual.

Cuando el Estado coarta la libertad, esclaviza al ser humano, especialmente cuando esta intervención estatal se orienta a restarle diversidad e incertidumbre al camino individual. Incluso si la intención estatal es sinceramente benevolente, comete un error cuando actúa creando mayor homogeneidad en el cuerpo social y haciéndolo más predecible, ya que el ciudadano diseñado por el Estado atrofia las potencialidades que el ser humano sí consigue yendo libremente tras sus fines y experimentando “la variedad de las situaciones”. De allí la opción de Humboldt: “preferir la voluntad del individuo, multiforme y cambiante, a la voluntad uniforme e inalterable del Estado”.

Una de las originalidades de Humboldt es intuir que una mayor intervención estatal puede disuadir al hombre de ofrecer caridad a sus semejantes y asociarse con ellos para alcanzar fines comunes - “…Cuánto más libre sea el hombre, más independiente será y más benevolente respecto a los otros”-. El intervencionismo estatal limitaría la cooperación:

“Cuánto más se encomienda uno a la ayuda tutelar del Estado, así tiende, o en mayor medida todavía, a confiar a ella la ayuda de sus conciudadanos. Y esto debilita la solidaridad y frena el impulso de la ayuda mutua. Pues la ayuda mutua actuará al máximo cuánto más vivo sea el sentimiento de que todo depende de ella; y la experiencia demuestra también que los sectores de un pueblo que sienten oprimidos y como abandonados por el gobierno están entre sí doblemente unidos”.

A este razonamiento subyace una distinción clara entre lo Público (o Estatal) y lo Social. Siguiendo a Abellán: “La teoría del Estado de Humboldt – con su remisión a la concepción del hombre – desarrolla con toda radicalidad la escisión conceptual de Estado y sociedad, que en Alemania comienza a elaborarse a final del Siglo XVIII. Fue precisamente un profesor de Humboldt en la Universidad de Gotinga, August Ludwig Schlözer[1], el primer alemán que formuló esta distinción entre sociedad (societas civiles sine imperio) y Estado (societas civiles cum imperio). (…) El objetivo de Humboldt es analizar la relación entre sociedad y Estado, indagando en qué términos es posible o necesaria la intervención del Estado en la vida social”.

De allí que en la “caja conceptual” de Humboldt estén distinguidas las organizaciones comunitarias: “Las ‘Nationalanstalten’ son instituciones organizadas por los ciudadanos, no por el Estado”.

La asociación libre entre seres humanos es preferida por Humboldt, quien mira con desconfianza a organismos estatales que intenten emular los logros que puede conseguir la sociedad civil espontáneamente organizada. Sobre los acuerdos de cooperación ciudadanos, Humboldt señala las ventajas de estas “organizaciones nacionales” frente a las “instituciones estatales”:

“Pactos de esta índole son preferibles con mucho a disposiciones estatales (…). Por consentir en ellos voluntariamente, los cumplirán mejor y más estrictamente; finalmente, que, dado que son fruto de la propia iniciativa, por mucho que lleguen a restringir, incluso, la libertad, no sólo malearán menos el carácter, sino que antes, al contrario, contribuirán más aún a elevar el grado de ilustración y de buena voluntad que les dio origen. De aquí que el verdadero empeño del Estado debe dirigirse a conducir a los hombres, a través de la libertad, a un punto en que surjan más fácilmente comunidades.”.

Y en su defensa de estas agrupaciones o “sociedades que, en contraposición a la persona física, suelen ser denominadas personas morales”  - si escribiese en estos días las llamaría probablemente organizaciones no gubernamentales, ONGs -, es optimista:

“Por lo demás, las sociedades y las asociaciones no sólo no tienen por qué producir efectos perjudiciales, sino que, justamente, constituyen uno de los instrumentos más seguros y adecuados para fomentar y acelerar la formación del hombre. En ese sentido, la aportación que preferiblemente habría de esperar del Estado sería, únicamente, la regulación de que en cada persona moral o sociedad no se vea nada más que la asociación de sus correspondientes miembros y que, por consiguiente, nada les pueda impedir a éstos decidir libremente, por mayoría, sobre la utilización de las fuerzas y recursos comunes”.

 

Opinión Independiente

 



[1]  Historiador alemán  (1735–1809). C.f.: www.britannica.com

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