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De nuevo, identidad y violencia. La ilusión del destino. Carlos Goedder
Diario 2001, 22/09/08

DE NUEVO, IDENTIDAD Y VIOLENCIA

La Ilusión del Destino.

Por: Carlos Goedder

www.cedice.org.ve

www.carlosgoedder.com

carlosurgente@yahoo.es

 

“Llevar una vida en la cual el resentimiento contra una inferioridad impuesta en el pasado histórico viene a dominar las prioridades actuales únicamente puede ser injusto para uno mismo”. Amartya Sen.

Con gratitud a los sabiamente humanos Sres. Pablo Fuentes y Juan Pedro Sevillano

 

En una entrega anterior comenté el libro Identidad y Violencia del Nobel de Economía Amartya Sen[1]. Los acontecimientos recientes en Bolivia, Venezuela, Georgia y la conmemoración del trágico atentado a las Torres Gemelas invita a reconsiderar esta obra. Sobre los sucesos empresariales, como los ocurridos con Lehman Brothers y AIG, considero atendido en alguna medida el asunto con los trabajos sobre innovación y reglamentación financieras que he publicado en este mismo espacio (c.f. www.carlosgoedder.com).

La línea argumental de Sen considera que hay dos grandes vicios simplificadores. Uno es ignorar la dimensión cultural que tienen los acontecimientos sociales; el polo opuesto es atribuir todo a variables de esta índole. Peor aún y desconsiderado con la libertad individual es encasillar al individuo en una descripción fundamentada únicamente en su religión o su raza o su etnia y pretender, a partir de tal ejercicio, construir explicaciones científicas, movimientos políticos y soluciones diplomáticas para los conflictos actuales.

La visión del terrorismo islámico como una oposición entre una supuesta civilización cristiana y otra civilización musulmana es, siguiendo a Sen, un error. Su debilidad fundamental es que simplifica en demasía la complejidad individual. Un individuo puede pertenecer a una afiliación religiosa musulmana y simultáneamente creer en los valores tanto democráticos como liberales que la visión simplificadora atribuye a sociedades donde la religión dominante es de raíz judeocristiana. La multiplicidad de identidades que contiene un ser humano puede generar conflicto interno; se puede ser católico y emplear métodos contraceptivos y simpatizar con el movimiento homosexual; cada sujeto toma la decisión de cuál identidad prevalece en una circunstancia determinada.

Con cuánta frecuencia una variable cultural como la nacionalidad, por ejemplo, se usa para caracterizar a un individuo. Al usar con carácter totalizador el gentilicio “venezolano”, “español”, “árabe”, “chino”, “francés” o “inglés” se considera explicado a un individuo por su lugar de procedencia. Cuántas relaciones humanas se deterioran por tales estereotipos. Lo peor es cuando, más allá de la perspectiva individual, las visiones totalizadoras a partir de variables culturales guían la agenda política.

Visualizar el conflicto boliviano como un enfrentamiento entre indígenas y blancos; o bien considerar la política venezolana como una confrontación entre el latinoamericano subyugado y el imperialismo estadounidense; concebir que la solución a los problemas laborales españoles es restringir la inmigración legal o bien guiar la agenda política actual por guerras y dictaduras pasadas, todo esto son desaciertos fundamentados en simplificaciones culturales.

Otro ejemplo que coloca Sen es cómo se ha intentado lidiar con los problemas de terrorismo usando como intermediarios a guías religiosos. Se ha considerado que se precisa de ellos porque en la causalidad del terrorismo está el Islam. Siguiendo a Sen:

“El reconocimiento básico de las identidades múltiples militaría contra la visualización de las personas en términos exclusivamente religiosos. Intentos de combatir el terrorismo mediante la ayuda religiosa han tenido el efecto de magnificar en Reino Unido y EUA la voz de los clérigos y otros miembros de la jerarquía religiosa en asuntos que están fuera del dominio de la religión, en un momento en que el papel  social y político de los musulmanes en la sociedad civil, incluyendo la práctica democrática, necesita más énfasis y apoyo (…) Es la sociedad civil la gran perdedora, precisamente en un momento en que tenemos gran necesidad de fortalecerla”.

Las Olimpíadas chinas también parecieron oponer a Occidente una mentalidad fundamentada en “valores asiáticos”, donde tendrían prioridad la disciplina y el orden por encima de la libertad y los derechos individuales. Este tipo de caracterización también es reduccionista. El político singapurense D. Lee Kuan Yew consideraba en su discurso que los valores del Este Asiático, región compuesta según él por Corea, Japón, China y Vietnam, serían una oposición al predominio occidental. Sorprendentemente, algunos estudiosos (Samuel Huntington es uno de los ejemplos ofrecidos por Sen) tienden a considerar que son variables culturales las que explican que Corea del Sur y Ghana hayan tenido desempeños macrosociales tan disímiles partiendo de niveles semejantes de PIB per cápita en la década de 1960. En lugar de estudiarse la política educativa coreana, se limita todo a una solución determinista fundamentada en lo cultural. Durante los años ochenta, cuando se hablaba del milagro competitivo japonés, se pensaba también que eran valores asiáticos la razón, olvidando el esfuerzo deliberado del gobierno japonés a inicios del Siglo XX por elevar la alfabetización, al punto que aún siendo la sociedad japonesa esencialmente pobre, en 1913 estaba entre los mayores productores mundiales de libros. Un líder japonés decimonónico, D. Kido Takayoshi, tenía ya una visión clara: “Nuestra gente no son diferentes de los Americanos o Europeos de hoy en día; todo es un asunto de educación o falta de educación”. Y si bien es preciso evitar un reduccionismo educativo, el ejemplo es más bien para ilustrar esto que señala Sen, cuando critica el determinismo cultural como argumento científico: “Esta explicación pertenece a la tradición general de encontrar explicaciones a los desastres no en la mala administración sino en la cultura de los individuos…”.

Errores contemporáneos invitan a considerar muy en serio a Sen cuando concluye: “Una vez que disociamos la cultura de una ilusión de destino, puede ayudar a proveer un mejor entendimiento del cambio social, asociándola a otras influencias y procesos sociales interactivos”.

 

La opinión del autor es independiente.

www.cedice.org.ve.                                                          

carlosurgente@yahoo.es

 



[1] SEN, Amartya. Identity and Violence. The Ilussion of Destiny. Penguin Books, 2006.

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