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Cedice Escribe
Una expedición para salvar a américa de la viruela. Carlos Goedder
Diario 2001 8 de diciembre de 2008
Por: Carlos Goedder www.cedice.org.ve www.carlosgoedder.com carlosurgente@yahoo.es
Una expedición para salvar a américa de la viruela En los próximos años asistiremos a diversos homenajes relacionados con el bicentenario correspondiente a la emancipación americana del Imperio Español. Probablemente muchos gobiernos recurrirán al imaginario de la Independencia con fines proselitistas, en lugar de evocar el verdadero fin que tuvo el proceso: expandir la libertad y cortar el vínculo con regímenes políticos que la asfixiaban. La celebración es propicia para evaluar la complejidad de la Revolución Hispanoamericana. Lejos de ser una reacción uniforme de los pueblos americanos contra la metrópoli hispana, el proceso independentista tuvo rasgos de guerra civil, ambigüedades y claroscuros en su desarrollo. Las explicaciones sencillas sobre cómo se fragmentó el dominio español en la América son ineficaces cuando pretenden reducir el conflicto a un enfrentamiento entre nacionalidades. Quizás sea más acertado interpretar este cambio tan profundo que fue el ocaso del imperialismo español como una lucha donde las fuerzas liberales, dentro de América y la propia España, intentaron abrirse paso frente a un orden político caracterizado por restricciones al comercio, censura, inquisición, sangrienta represión, alta tributación, peculado e ineficiencia en las políticas públicas. Una señal de que en la propia España pugnaban las fuerzas liberales por germinar es que en el siglo XXI también cumple su bicentenario una expedición filantrópica organizada para erradicar la viruela en las colonias españolas. La monarquía española apoyó al equipo del médico D. Francisco Javier Balmis y Berenguer (1753-1819) para recorrer los dominios americanos y Filipinas llevando la vacuna antivariólica a los colonos. Se trataba de un esfuerzo pionero por expandir la libertad mediante la vacunación, un bien público con el cual se expanden las capacidades y competencias individuales al eliminar la traba que representan las epidemias. Siguiendo al Dr. Freddy Rodríguez Sánchez , la viruela “producida por un virus, tiene un período de incubación de 12 días. Luego de un período de 4 a 6 días de malestar general y fiebre alta, que llevan al enfermo a la postración, aparece la cefalea (dolor de cabeza), fotofobia (rechazo a la luz) y un exantema [erupción de la piel] que brota primero en los pliegues de las axilas e ingles, para luego de una discreta mejoría sintomática del paciente, desarrollar las lecciones cutáneas (de la piel) por el tronco, los miembros y las mucosas. El exantema macular (a manera de mancha) se convierte en papular (mancha elevada con aspecto de meseta), luego en vesículas (pequeñas vejigas) y por último el lesiones pustulosas (llenas de pus) que se desecan formando costras, que al caer dejan cicatriz”. En la época colonial, la letalidad media por viruela alcanzaba 30%. Una epidemia en junio de 1802 en la Nueva Granada (actual Colombia) alcanzó mortalidad del 50%. Entre quienes sobrevivían, podían quedar secuelas de cicatrices e invidencia . Uno de los ilustres supervivientes a la viruela en la Venezuela Colonial fue D. Antonio José de Sucre, Mariscal de Ayacucho. En 1796, el médico inglés Edward Jenner descubrió que entre las campesinas ordeñadoras se producían lesiones cutáneas las cuales resultaban benignas y las dejaban inmunes frente a la viruela. El virus era transmitido por una enfermedad de las vacas llamada cow-pox, la cual genera granos en sus ubres, cuyo pus tiene propiedades inmunizadoras. Luego, causando una lesión cutánea leve a partir de fluido vacuno se podía generar en la persona una “viruela controlada”, generando una vesícula o grano “vacunal” ante cuyas partículas virales se desarrollaban anticuerpos en el organismo infectado. Como se aprecia, el término “vacuna” procede, propiamente, de la palabra “vaca”. La novedad científica llegó a España en 1800. Se autorizó llevar este adelanto a las colonias y el 30 de noviembre de 1803 zarpó el médico Balmis con un equipo de 10 especialistas sanitarios y la tripulación del barco “María Pita”, con destino a Puerto Rico para, desde allí, dividirse en grupos que alcanzarían las otras colonias. Para ir hasta Filipinas era necesario hacer la travesía por tierra en México y así alcanzar el Pacífico –faltaba un siglo para contar con el Canal de Panamá-. Balmis retornó a la península española el 7 de septiembre de 1806, dejando a colaboradores suyos con el encargo de seguir las jornadas de vacunación. Algunos colegas de Balmis murieron en la expedición – como D. José Salvany y Lleopart, quien falleció en la actual Bolivia en 1810 – y otros quedaron atrapados en el conflicto independentista, regresando a casa en 1824 – D. Manuel Julián Grajales y D. Basilio Bolaños-. ¿Cómo se trasladaba el fluido con la vacuna en una época sin refrigeración? La explicación es dura para ojos contemporáneos. Dada la dificultad práctica y económica para transportar ganado vacuno, la solución era llevar a individuos a quienes se practicase la incisión en la piel para inocular el virus. De la herida resultante se extraería el pus con el virus para a su vez infectar a otra persona… Y así sucesivamente se mantendría el principio activo, traspasándolo en una sucesión de portadores humanos dentro del barco y hasta alcanzar tierra. Una vez en suelo colonial, nuevos expedicionarios serían los que acompañarían en las siguientes etapas como “vehículos vivos” de la vacuna. Los elegidos para este oficio debían tener un historial clínico sin viruela previa. El resultado: fueron niños huérfanos, procedentes de los orfanatos (la inclusa) quienes, como héroes anónimos, transportaron en sus organismos la vacuna. En Venezuela la expedición tuvo repercusión importante. D. Andrés Bello la homenajeó con la “Oda a la Vacuna” (“…ya no teme esta tierra que el comercio/entre sus ricos dones le conduzca/el mayor de los males europeos ”). Se constituyó una Junta local de Vacunación que prosiguió las jornadas, pasando de 25.000 vacunados en 1804 a 104.700 en 1808. En otros dominios coloniales hubo reticencias y trabas por las autoridades locales, reflejando la pugna entre fuerzas liberales e intransigencia que ya presagiaba la guerra independentista. Opinión independiente.
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