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Homenaje a José Ignacio García Hamilton
Invitación a García Hamilton. Carlos Goedder
Artiuclo Dediacado a la memoria de García Hamilton
INVITACIÓN A GARCÍA HAMILTON Por: Carlos Goedder, miembro de Cedice Libertad Junio de 2009 Recientemente se ha desencarnado D. José Ignacio García Hamilton, escritor argentino cuya obra será referencia permanente para quienes aman y defienden la libertad. Tenemos certeza respecto al fallecimiento de las personas mas sólo en algunos casos se puede decir que realmente han vivido. En el caso de García Hamilton hay plena certeza de que bebió a plenitud la copa vital: cuestionó los arquetipos que sirven como referencia para la vida social latinoamericana, acercó la historia al lector ajeno al academicismo, rompió las fronteras impuestas por el ejercicio profesional del derecho y exploró con valentía las instituciones económicas. Y más allá de los escritos está el hombre, cuyo compromiso con la vida pública y su voluntad por cambiar Hispanoamérica le llevó a la vida política, ejerciendo el cargo de Diputado. Se puede afirmar con certeza que García Hamilton vivió y que estudiar su obra es una invitación para degustar también esos placeres fundamentales que tiene la vida: transformar, inventar, pensar, en suma, tomar el mundo como algo a ser construido en lugar de simplemente entendido o aceptado. En los libros hechos por García Hamilton hay tres líneas temáticas distinguibles: la de cuestionamiento del mito, la de rescate del prócer civil y la de estudio institucional de la América Hispana. Cuestionamiento del Mito: San Martín y Bolívar Una línea temática en el trabajo de García Hamilton consiste en desmontar los mitos que han sustentando el discurso político sudamericano. En el caso argentino identificaba tres historias sobre las cuales se había construido la educación patriótica y la oratoria de los tribunos. Esas imágenes eran “la del militar que muere pobre”, “el gaucho pobre que se hizo violento” y “la dama buena que regala lo ajeno”[i]. Son personificados, respectivamente, por San Martín, Martín Fierro y Eva Perón. Martín Fierro es una creación literaria, mas los otros dos personajes sí que existieron, aunque terminaron transformándose ellos mismos en personajes casi fabulosos. García Hamilton lidió indirectamente con Martín Fierro al tratar la biografía de Sarmiento, quien siempre se opuso a la imagen folclórica y romántica del bandolero. En el caso de Eva Perón entiendo que García Hamilton estaba terminando un trabajo sobre Juan Domingo Perón, coautor de Evita. Remontándose a las bases de la mitología argentina, García Hamilton sí abordó frontalmente la biografía de San Martín. Y tornaría más universal su enfoque al atreverse también a desmontar los rasgos mesiánicos del otro gran Libertador, Simón Bolívar. La obra sobre El Libertador del Sur fue publicada en 2000 y en apenas un mes tuvo cuatro ediciones. Se trató de Don José. La vida de San Martín. Ahora bien, lejos de ser un ensayo biográfico crítico, García Hamilton opta por presentar la biografía del héroe sin emitir juicios. Su forma de desmontar el mito es precisamente mostrar al personaje histórico. Y además la narración es directa, amena, sin artificios. Se trata de mostrar a San Martín en su complejidad humana y sus vicisitudes, evidenciando también hasta qué punto se había tergiversado la trayectoria de un militar que tuvo más protagonismo en Chile y Perú que la propia Argentina[ii]. En una obra posterior García Hamilton sí emitía las opiniones que se ahorraba al elaborar la biografía: “Los mitos patrióticos redentores, nacidos generalmente del atraso y de la ignorancia, y también del oportunismo político, tienden a engañar a los pueblos haciéndolos creer que el héroe antiguo les proporcionará lo que los enemigos imaginarios del presente les sustraen, o la realidad actual les niega (…) La reiterada apelación a la supuesta ‘tarea pendiente’ dejada por el titán pretérito sirve para que el jefe vigente se atribuya también la calidad de superhombre (…) El culto al semidiós guerrero contribuye al parasitismo, pues la creencia en los hombres providenciales, proveedores de riquezas y honores, atrofia la responsabilidad individual”[iii]. Mas este es un dictamen posterior y en la biografía sobre San Martín la estrategia es que el lector saque sus propias conclusiones al encontrarse cara a cara con el personaje. Uno de los debates internos en San Martín es captado por el escritor, citando a una contertulia del prócer, Mary Graham: “Su timidez intelectual le impide dar libertad y tampoco se atreve a ser un déspota. Su deseo de ser un Libertador y la voluntad de ser un tirano forman en San Martín un extraño contraste”. Este conflicto interior fue más agudo en el titán Bolívar. Las dudas y vacilaciones de San Martín se amplificaban en Bolívar, mas este último tenía una voluntad más firme. A San Martín le faltaba el don político y la inexorable determinación bolivariana. Así que al abordar al personaje en su biografía de 2004, Simón. Vida de Bolívar (Sudamericana), García Hamilton sí chocó de frente con un personaje que ejerció el mando militar y el poder político plenamente. Lo que en San Martín quedó incompleto, en Bolívar si se realizó. Fue el Libertador y al mismo tiempo el Libertador Presidente, alcanzando luego el rango de Dictador en su etapa culminante. García Hamilton sostiene el pulso durante toda la biografía y emula su estilo con la de San Martín, prefiriendo que el lector se enfrente al ser humano y así rompa por su propio razonamiento con el mito. Mas llegando hacia el final de la obra le es imposible a García Hamilton contenerse y deja esta dura sentencia: “El legado político de Bolívar, sin embargo parece más claro. Su fervor por las luchas independentistas y su vocación por el poder absoluto; su oscilación entre los aportes libertarios y su inclinación a la dictadura; su retórica democrática y el armado de gobiernos pretorianos basados en la fuerza de los ejércitos; la creación de instituciones formalmente republicanas que se reforman para servir a las ambiciones personales, las pregonadas intenciones de abandonar el mando y las reelecciones indefinidas, constituyen una trágica herencia de ‘populismo militar’ que todavía está muy presente en una América hispana paradójicamente esclavizada por sus supuestos libertadores”. Creo que incluso al propio García Hamilton le fue imposible quitarse la predisposición contraria a Bolívar que se inculca en la educación argentina. Alguna vez leí un texto escolar ilustrado donde, en la Entrevista de Guayaquil que significó la derrota política de San Martín por Bolívar, se mostraba al venezolano como un fiestero arrogante. Me atrevo a creer que García Hamilton, quien consiguió cierta distancia afectiva con San Martín, sí que sintió cierto rechazo por Bolívar. El personaje le resultaba menos simpático, mientras San Martín le parecía, en alguna medida, gris e inocuo. Y es que Bolívar nunca admite términos medios en los juicios de sus biógrafos. García Hamilton obvia la solución de otros: considerar que El Libertador murió históricamente con Ayacucho y que la Constitución Boliviana fue un trágico error propio de un político y ajeno a un héroe[iv]. Y es que el biógrafo argentino pierde de vista un denominador común a Bolívar y San Martín: Napoleón. Ambos héroes sudamericanos, en alguna medida, tomaron los rasgos del personaje más importante que hubo en su tiempo. Incluso tuvieron su encuentro personal con el bonapartismo. San Martín peleó en España contra la invasión napoleónica y Bolívar presenció la coronación del corso. En suma, ambos Libertadores importaron en Sudamérica las tendencias bonapartistas. Al olvidarse de que Bolívar pretende emular la síntesis de militar y gobernante que sí consiguió Napoleón, a García Hamilton lo que le queda es el odioso encuentro con un militar venezolano que parece destruir con su obra como político todo el trabajo que había creado como revolucionario romántico. El episodio que más chocó a García Hamilton en la vida de El Libertador Bolívar fue cuando intentó imponer en 1826 la dictadura y la Constitución Boliviana en Colombia, pasando por encima de la Constitución previamente aprobada en Cúcuta en 1821. Unas actas firmadas por las autoridades de Quito pretendían legitimar este paso. Y es una carta de Bolívar a Santander sobre el asunto lo que más dolía a García Hamilton, al sentir que sentaba las bases para ir contra la legitimidad fundamentándose en una supuesta “voluntad popular”: “Si esto no es legítimo es al menos popular y, por lo mismo, propio de una república eminentemente democrática. Colombia está perdida para siempre, esto no tiene remedio y mientras el pueblo quiere asirse de mí como por instinto, ustedes quieren enajenarlo de mi persona y salvar la patria con la Constitución y las leyes. Si usted se atreve a continuar la marcha de la república bajo la dirección de sus leyes, desde ahora renuncio al mando. Consulte esta materia para que el día de mi entrada en Bogotá sepamos quién se encarga del destino de la república, si usted o yo”[v]. En el procerato militar difícilmente encontraba García Hamilton fuentes para una realidad hispanoamericana distinta en el Siglo XXI. De allí que optase por otras biografías para conseguir unas referencias históricas más acordes con la libertad que consideraba indispensable para los nuevos tiempos. Rescate del prócer civil: Alberdi y Sarmiento Un conterráneo de García Hamilton fue objeto del trabajo biográfico que probablemente más placer le trajo durante su realización. Se trató del tucumano Juan Bautista Alberdi. El es objeto de otro título seminal de García Hamilton: Vida de un ausente. La novelesca biografía del talentoso seductor Juan Bautista Alberdi. (Sudamericana, 1999) Este personaje es el menos conocido entre los que abordó el autor. Alberdi vivió entre 1810 y 1884. Al igual que García Hamilton, fue abogado y alcanzó el cargo de Diputado en 1878. Residiendo en Europa, Uruguay y Chile, mantuvo una perspectiva más amplia sobre los problemas argentinos. En tal visión cuenta especialmente el interés por los problemas económicos de las naciones recientemente libertadas del colonialismo español. Un párrafo del estudio de García Hamilton señala como Alberdi sentía el problema argentino: “Con los ingresos provenientes de su trabajo de abogado, a fines de 1847 Alberdi formó una sociedad con Javier Rodríguez y Pascual Exquerra para montar una imprenta. Allí imprimieron un diario, El Comercio de Valparaíso, cuyo número inicial indicaba que se ocuparía de la política económica, es decir, la que desarrolla riquezas, población, movimiento y bienestar social. Así como nuestros estados fueron militares para liberarse de España – decía -, hoy deben ser comerciantes para liberarse de la pobreza”[vi]. El principal aporte de Alberdi a la vida institucional argentina es recordado por la semblanza biográfica que ofrece un diccionario histórico: “Al tener noticias de la caída de Rosas, escribió su obra capital, Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, que tuvo fundamental influencia en el espíritu de los redactores de la Constitución de 1853”[vii]. En efecto, Alberdi logra, con un talento digno de ser emulado por los tecnócratas actuales, convencer a caudillos como Urquiza para que apoyen la creación de un Estado Liberal. Argentina nace como una república que irradia hacia el mundo una constitución defensora de libertad económica, civil y política. Si bien hubo vicisitudes políticas y la plena libertad política sólo llegara en el Siglo XX – en 1912 se aprueba la Ley Sáenz Peña que corrige las artimañas electorales -, lo cierto es que Argentina alcanzó niveles de libertad superiores a la de muchas otras naciones del orbe y próximos a los de Estados Unidos de América. El período 1853-1929 fue de esplendor comparativo para Argentina, aún con los problemas de desigualdad económica –especialmente en la propiedad de la tierra – que tenía. El propio García Hamilton evocaba con nostalgia aquel tiempo y la influencia que tuvo el trabajo institucional desarrollado por Alberdi y los constitucionalistas argentinos de 1853: “El tercer período [de la historia argentina] fue inaugurado por la Constitución Nacional de 1853, que intentó crear una urdimbre de paz y trabajo a través de cambios institucionales: el absolutismo fue reemplazado por la división de poderes; el estatismo económico por la defensa de la propiedad privada y la iniciativa individual; los privilegios estamentales por la igualdad; el incumplimiento de leyes por el principio de juridicidad; la religión única por la libertad de cultos; y el odio al extranjero por el fomento de la inmigración europea. En seis décadas se produjo un crecimiento extraordinario: en 1914, los ochocientos mil habitantes de 1852 eran ya más de 7.885.000; nuestro producto bruto por habitante había crecido a 470 dólares [de la época] mientras Francia tenía 400, Italia 225 y Japón 90; nuestros salarios eran un ochenta por ciento superiores a los de Marsella, veinticinco por ciento más altos que los de París e igual a los de Estados Unidos; la educación pública había llevado el alfabetismo desde menos del 20 por ciento, al 80 por ciento; y producíamos lo mismo que casi toda Latinoamérica junta, incluyendo a Brasil”[viii]. Alberdi también marcaba distancia respecto al militarismo y anticipaba el fracaso que para América Hispana significaría aferrarse a íconos armados. Valientemente el propio tucumano se oponía a la Guerra del Paraguay que emprendía su patria. García Hamilton, en su obra cumbre de 2004 recordaba: “Después de 1870 Alberdi escribió un brillante y valiente alegato pacifista titulado El Crimen de la Guerra, cuyo último capítulo dedicó al ‘Cesarismo en el nuevo mundo’ y donde insiste en la idea de que no se puede hacer una sociedad pacífica si se ‘santifica a los guerreros’. Afirma que en Estados Unidos la gloria de George Washington no se debe a la guerra, sino a la libertad, y se pregunta si San Martín puede ser el tipo de patriota que Argentina necesita para llegar a ser un gran país”. Algo que precisamente seduce de la historia argentina es que su resonancia universal se prolonga más allá de la guerra independentista. Mientras las naciones andinas permanecen ancladas en una revolución militar que duró una década – sólo basta ver los anversos de sus billetes -, Argentina consiguió prosperar y ser nación de avanzada hasta mediados del Siglo XX. Ello se debió, en gran medida, a su procerato civil. Alberdi fue un personaje central en la construcción de esa historia civil indispensable para la prosperidad argentina. Este círculo virtuoso fue interrumpido por el golpe de Estado perpetrado el 6 de septiembre de 1930. El otro personaje esencialmente civil al que García Hamilton dedicó un estudio biográfico fue a Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) – si bien este empuñó las armas en la guerra civil contra Rosas, su participación fue más bien como oficial de escritorio y apenas representó un fugaz lapso– . Sarmiento fue Presidente de la República entre 1868 y 1874, promoviendo decisivamente la política educativa. La agitada vida del personaje está recogida en el trabajo que García Hamilton publicó bajo el título de Cuyano Alborotador. La Vida de Domingo Faustino Sarmiento. (Sudamericana, 1999). Sarmiento es un personaje fascinante para mostrar el desarrollo de la Argentina en la segunda mitad del Siglo XIX: Que un hombre de cuna humilde, autodidacta, sin glorias militares y de verbo vivamente polémico alcance la primera magistratura en su patria tan sólo era posible en Argentina y otro lugar: Estados Unidos de América. Una vida paralela fue la de Abraham Lincoln (1809-1865) y ciertamente si algo caracterizó a Sarmiento fue su admiración por la nación estadounidense. En la obra de García Hamilton están capturados pensamientos brillantes de este argentino universal que incluso realizó aportes a la gramática castellana: “He puesto mis modestos esfuerzos a favor de la libertad y del progreso de la América del Sur, buscando como auxiliares poderosos a la educación de todos y la inmigración europea: eliminar la fuerza bruta por el estudio y la inteligencia cultivada”. “Es necesario hacer del gaucho un hombre útil y para eso debemos hacer de toda la república una escuela”. “…Resulta que hemos tenido ya tres siglos de religión obligatoria y estatal sin que hayan crecido en ese tiempo ni la libertad ni el progreso. Porque precisamente, cuando la religión estuvo armada del poder civil fue contraria a la prosperidad. Y nosotros queremos evitar que el catolicismo esté armado de hogueras para perseguir el pensamiento y matarlo”. Libertad, educación, tolerancia, apertura… Si la lectura de García Hamilton consigue invitar a rescatar los aportes hechos a Hispanoamérica por sus escritores, tribunos, políticos, científicos, atletas y artistas, se podrá avanzar hacia una nueva perspectiva en la historia y un futuro de mayor calidad social. Historia Institucional de Hispanoamérica La otra línea argumental de García Hamilton es donde probablemente haya brillado más. Se trata de estudiar las instituciones sudamericanas que han sido obstáculo para el florecimiento de una libertad económica y social comparables a la independencia política. En 1991 García Hamilton escribía su primer ensayo respecto a este problema. Fue el punto de partida para que viniese toda la obra siguiente y, como expresa la dedicatoria, se debe al empuje de su esposa Graciela Inés Gass que emprendiese esta fructífera carrera literaria. La obra fue luego publicada por Sudamericana en 1998 y Debolsillo en 2002. En este trabajo se percibe en García Hamilton una creencia en la libertad para todos los ámbitos de la vida pública: social, político y económico. Le parecía insuficiente una sola dimensión. Así, analizando la historia de su patria bajo la tiranía de Juan Manuel de Rosas opina: “Como va a ocurrir un siglo y medio después con la dictadura del general Jorge Videla, que torturaba y hacía desaparecer sin juicio a supuestos subversivos mientras liberaba los alquileres, el autoritarismo político más cruel y medieval convivía con ciertas medidas económicas progresistas”[ix]. Su apuesta por las libertades totales también se evidencia cuando matiza su elogio al período argentino de mayor esplendor a finales del Siglo XIX e inicios del Siglo XX: “Aunque en general se respetaban las libertades y derechos cívicos, es interesante señalar que en el plano político no existe la garantía del sufragio; se practica el fraude y una minoría aristocrática se turna en el poder. En este aspecto, el sistema recuerda el despotismo ilustrado”. En la obra que el análisis de García Hamilton alcanza su mayor amplitud universal es en la última que publicó en vida, el mejor de todos sus libros. Se trata de Por qué crecen los países (Sudamericana, 2006)[x]. En realidad el título es desafortunado, porque más que un estudio sobre crecimiento económico es un auténtico tratado de historia institucional comparada. Las naciones europeas, Estados Unidos y Argentina son estudiados con una especial atención a las instituciones jurídicas y económicas. Uno de los mayores aportes de este libro es introducir sobre la tradición británica del derecho consuetudinario. En el mundo anglosajón, mas que “inventar y codificar” las leyes, el objetivo es “descubrirlas” en la tradición social. Es la diferencia entre la institución impuesta y la institución que evoluciona. El enfoque jurídico británico demanda una actitud más humilde por parte de quien gobierna y quien legisla, porque se admite la superioridad que tiene la tradición social que es obra de toda la ciudadanía. Citando a García Hamilton: “Desde tiempos anteriores se sostenía que las leyes inglesas eran permanentes, inmutables y, más que hacerlas, era necesario sacarlas a la luz desde el derecho natural. Las leyes estaban ‘ahí’ y había que deducirlas de las propias costumbres. Las formas de adquisición de la tierra, los modos de conservar y defender su tenencia, las transmisiones por herencia, el régimen de arrendamientos, los sistemas de daños, formaban parte de ese derecho natural que venía practicándose cotidianamente. (…) Fue así constituyéndose esa common law, también llamada ‘costumbres de Inglaterra’, que sirvió de protección de los derechos tradicionales y de defensa contra las arbitrariedades de los reyes. Como los jueces simplemente aplicaban normas o costumbres que venían cumpliéndose, se afirma que el derecho inglés solamente reconoce derechos, mientras que el sistema latino crea derechos”. Ya desde 1470 un tratadista, John Fortescue, distinguía, en su obra De los Elogios de las Leyes de Inglaterra entre ese enfoque jurídico y el vigente en el mundo latino. La mirada de la América Hispana y la propia España ha estado siempre dirigida hacia el parangón del enfoque “codificador”, que es Francia. Y cómo afecta el concepto jurídico sobre el estilo de gobierno lo percibía ya desde el Siglo XV este estudioso mencionado por García Hamilton: “[John Fortescue] señalaba que los monarcas de Francia, en virtud del sistema de derecho civil latino, gobernaban ‘regiamente’ y podían cambiar leyes, infligir castigos, e imponer contribuciones a voluntad, mientras que los reyes de Inglaterra debían gobernar ‘constitucionalmente’, es decir, ‘que no podían alterar a su gusto las antiguas leyes’ que garantizaban los procesos judiciales ni podían establecer impuestos sin la aprobación de los súbditos. Al sostener la intangibilidad de estos principios, Fortescue intentaba garantizar a los súbditos el goce de sus bienes”. La consecuencia de este respeto al individuo y a las leyes que surgen por su voluntaria interacción social es que el poder político está restringido desde su propia concepción. Sorprende la percepción de Fortescue hace más de quinientos años y luego el aporte hecho por otro británico, Edward Coke hacia 1603: “Coke sostuvo que ‘cuando una ley del Parlamento va contra el derecho común o la razón, o es repugnante o imposible de cumplir, el propio derecho común deberá controlarla y los jueces deberían anularla’. Esta opinión fue el primer antecedente del control judicial de constitucionalidad establecido posteriormente por la Constitución Estadounidense, para evitar los desbordes de los gobiernos o de los organismos representativos en perjuicio de los particulares o las minorías”. En España y las naciones hispanoamericanas priva la inocente concepción según la cual basta promulgar una ley para resolver un problema. Se comete la arrogancia de considerar que la ley precede al problema social, cuando más bien debe deducirse la ley de la dinámica social misma. En lugar de hacerse un derecho investigado, con soporte empírico y atención al individuo, se pretende que promulgando leyes se producirán las conductas sociales que el gobernante considera buenas. Es por esto que probablemente se irrespeta tanto la ley en estas naciones de habla hispana, porque es una ley engorrosa, hecha desde la óptica del bufete, imaginándose cómo es la sociedad en lugar de observarla desde la propia calle. La creación jurídica es en sí misma un acto de arrogancia, de vanidad que el propio cuerpo social desbarata cuando es incapaz de reconocerse en ella. Que un abogado como García Hamilton asome al lector a la tradición jurídica británica es un aporte decisivo en Por qué crecen los países. Esta obra también incluye en su introducción el mejor resumen del periplo vital del autor. Quizás lo ignoraba, mas García Hamilton escribía su testamento y lo dedicaba a su padre. Comentaba en la introducción el orgullo que le producía el linaje periodístico del cual provenía y cómo él mismo había alumbrado el periódico tucumano El Pueblo. Y las vicisitudes que le trajo este simple acto de libertad de expresión las comentó él mismo en esa introducción a Por qué crecen los países: “En 1974, durante el gobierno presidido por Isabel Perón, fui detenido y puesto a disposición del Poder Ejecutivo en rechazo a publicaciones de mi diario. Fui liberado en 1975 y, al año siguiente, se produjo el golpe militar que sembró el país de cárceles clandestinas donde se torturaba y hacía desaparece a ciudadanos. En aquellos años de dictadura y negación de los derechos humanos por parte del Estado revaloricé lo que significan las libertades del individuo y las garantías de los derechos de propiedad”. Tuve el gusto de conocer personalmente a Don José Ignacio y me abrió las puertas de su casa en una grata velada donde pude conocer su mejor creación: el hogar. Había algo de sacro en la casa del escritor y recuerdo cómo contemplé entusiasmado el estudio que tenía en su jardín y donde laboriosamente generó tantas obras valiosas. Don José puede estar seguro de que su obra servirá para entusiasmar a las mentes más jóvenes por esa libertad que él tanto anheló poder paladear plenamente. Su legado será que en el Siglo XXI su Argentina y la América Hispana consigan tener la plena libertad y la consecuente prosperidad. Almas y mentes educadas como la suya son una invitación a saborear esa vida libre que es la única propiamente humana. Madrid, 2009 La opinión del autor es independiente.
[i] GARCÍA HAMILTON, José Ignacio. “El gran país que se convirtió en Macondo”. La Nación. 5 de septiembre de 2004. [ii] Al respecto de la figuración más bien escasa de San Martín en la emancipación argentina, García Hamilton evoca a Borges: “Muy pocos argentinos compartieron en su época la lucidez de Jorge Luis Borges, quien decía que la historia de Grosso, un autor de textos colegiales, le había propuesto el culto de San Martín, pero sólo había encontrado un militar que luchó en Chile. Al escribir en 1963 un poema dedicado a Sarmiento, Borges lo diferenció de San Martín al afirmar que el sanjuanino ‘no fue, como éste o aquél, un blanco símbolo que puedan usar las dictaduras”. C.f. GARCÍA HAMILTON, José Ignacio. Por qué crecen los países. Sudamericana, 2006. [iii] GARCÍA HAMILTON, J.I. Por qué crecen los países. Op.cit. [iv] Citando a un autor colombiano: “Pensar hoy que la Constitución para Bolivia, redactada por el Libertador, decadente y ofrecida por él como la suma de su filosofía política, podría señalarse como el modelo, es algo a que no se atreven ni los más ciegos bolivarianos. Sería caer en el sistema ruso, que es el de Castro en Cuba, el de Stroessner en Paraguay. López de Mesa decía ‘Bolívar murió en Lima’. Podría irse más lejos y convenir que el Libertador, como Libertador, murió en la tarde de Ayacucho. Sin haber estado Bolívar en la batalla, esa batalla fue suya”. C.f. ARCINIEGAS, Germán. “Bolívar, ¿Jacobino?”. Escrito de 1982 compilado en Bolívar y Santander, vidas paralelas. Editorial Planeta Colombiana, 1995. [v] GARCÍA HAMILTON, J.I.. Simón. Vida de Bolívar. Sudamericana, 2004. [vi] GARCÍA HAMILTON, J.I.. Vida de un Ausente. Op. Cit. [vii] VARIOS. Diccionario Biográfico, Histórico y Geográfico Argentino El Ateneo. El Ateneo, 1998. [viii] GARCÍA HAMILTON, J. I.. “El oro y el barro”. Publicado por La Nación. Carezco de la fecha de este artículo, el cual me fue gentilmente cedido por su autor. [ix] GARCÍA HAMILTON, J.I. El autoritarismo y la improductividad. Debolsillo, 2002.
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