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La nueva enciclíca Papal: La caridad en la verdad. Carlos Goedder
“Conviene afrontar las dificultades del presente en esta clave, de manera más confiada que resignada”. Benedicto XVI

LA NUEVA ENCÍCLICA PAPAL: La Caridad en la Verdad

Por: Carlos Goedder
 
“Conviene afrontar las dificultades del presente en esta clave, de manera más confiada que resignada”.
Benedicto XVI
 
El 29 de junio de 2009, solemnidad de San Pedro y San Pablo en pleno Año Paulino, el Papa Benedicto XVI ha publicado su encíclica más reciente, Caritas in Veritate
[1]. Es un documento relevante al constituir la reflexión institucional por parte de una religión volcada a los problemas mundiales sin descuidar la perspectiva espiritual. En este momento de crisis mundial, la Encíclica aborda varios problemas contemporáneos como pobreza, contaminación, aborto, globalización y subdesarrollo.
El primer alerta que da la encíclica es que el desarrollo económico es un problema más allá de lo estrictamente técnico. El documento critica los enfoques que centran la promoción material del hombre únicamente en la eficiencia tecnológica, sin profundizar en las motivaciones y finalidades verdaderamente humanas. En varios párrafos de la Encíclica figura tal advertencia:
“El desarrollo tecnológico puede alentar la idea de la autosuficiencia de la técnica, cuando el hombre se pregunta sólo por el cómo, en vez de considerar los porqués que lo impulsan a actuar. Por eso la técnica tiene un rostro ambiguo. Nacida de la creatividad humana como instrumento de la libertad de la persona, puede entenderse como elemento de una libertad absoluta, que desea prescindir de los límites inherentes a las cosas. El proceso de globalización podría sustituir las ideologías por la técnica, transformándose ella misma en un poder ideológico, que expondría a la humanidad al riesgo de encontrarse encerrada dentro de un a priori del cual no podría salir para encontrar el ser y la verdad.”
“El desarrollo nunca estará plenamente garantizado por fuerzas que en gran medida son automáticas e impersonales, ya provengan de las leyes de mercado o de políticas de carácter internacional. El desarrollo es imposible sin hombres rectos, sin operadores económicos y agentes políticos que sientan fuertemente en su conciencia la llamada del bien común. Se necesita tanto de la preparación profesional como la coherencia moral.”
“La excesiva sectorización del saber, el cerrarse de las ciencias humanas a la metafísica, las dificultades del diálogo entre las ciencias y la teología, no sólo dañan el desarrollo del saber, sino también el desarrollo de los pueblos…”
Ahora bien, lejos de relegar a la técnica, lo que la encíclica defiende es un desarrollo técnico dotado de trascendencia moral. En este sentido aclara: “…Razón y fe se ayudan mutuamente. Sólo juntas salvarán al hombre. Atraída por el puro quehacer técnico, la razón sin la fe se ve avocada a perderse en la ilusión de su propia omnipotencia. La fe sin la razón corre el riesgo de alejarse de la vida concreta de las personas”.
Se trata de ensanchar la razón y hacerla capaz de conocer y orientar estas nuevas e importantes dinámicas, animándolas en la perspectiva de esa ‘civilización del amor’, de la cual Dios ha puesto la semilla en cada pueblo y en cada cultura.”
En el sentido de añadir profundidad al desarrollo económico, un contenido importante es la fe religiosa católica. La Encíclica elabora en esta visión:
El problema del desarrollo está estrechamente relacionado con el concepto que tengamos del alma del hombre, ya que nuestro yo se ve reducido muchas veces a la psique, y la salud del alma se confunde con el bienestar emotivo. Estas reducciones tienen su origen en una profunda incomprensión de lo que es la vida espiritual y llevan a ignorar que el desarrollo del hombre y de los pueblos depende también de la soluciones que den a los problemas de carácter espiritual.”
Y declara:
“El ser humano no es un átomo perdido en un universo casual, sino una criatura de Dios, a quien Él ha querido dar un alma inmortal y al que ha amado desde siempre. Si el hombre fuera fruto sólo del azar o la necesidad, o si tuviera que reducir sus aspiraciones al horizonte angosto de las situaciones que vive, si todo fuera únicamente historia y cultura, y el hombre no tuviera una naturaleza destinada a trascenderse en una vida sobrenatural, podría hablarse de incremento o de evolución, pero no de desarrollo.”
Entre las conclusiones del documento figura esta:
“…La fuerza más poderosa al servicio del desarrollo es un humanismo cristiano, que vivifique la caridad y se deje guiar por la verdad, acogiendo una y otra como un don permanente de Dios. La disponibilidad para con Dios provoca la disponibilidad para con los hermanos y una vida entendida como una tarea solidaria y gozosa. Al contrario, la cerrazón ideológica a Dios y la indiferencia atea, que olvida al Creador y corre el peligro de olvidar también a los valores humanos, se presentan hoy como uno de los mayores obstáculos para el desarrollo. El humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano.”
Tales aportes dotan a la economía de mercado de nuevas dimensiones respecto a la justicia y sus instituciones. La Encíclica cree en este ‘mercado trascendente’ como escenario para un desarrollo plenamente humano:
“…El mercado no es ni debe convertirse en el ámbito donde el más fuerte avasalle al más débil. La sociedad no debe protegerse del mercado, pensando que su desarrollo comporta ipso facto la muerte de las relaciones auténticamente humanas. Es verdad que el mercado puede orientarse en sentido negativo, pero no por su propia naturaleza, sino por una cierta ideología que lo guía en ese sentido. No se debe olvidar que el mercado no existe en su estado puro, se adapta a las configuraciones culturales que lo concretan y condicionan.”
En suma, “el problema decisivo es la capacidad moral global de la sociedad”.  Y la libertad ocupa un lugar protagónico:
“Pablo VI [Papa entre 1963 y 1978] percibía netamente la importancia de las estructuras económicas y de las instituciones, pero se daba cuenta con igual claridad de que la naturaleza de éstas era ser instrumentos de la libertad humana. Sólo si es libre, el desarrollo puede ser integralmente humano; sólo en un régimen de libertad responsable puede crecer de manera adecuada.”
 
Opinión independiente.


[1] Sigo la versión publicada el 12 de julio de 2009 por el Diario La Razón (Especial No. 3872).

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