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Cedice Escribe
La fractura del diálogo entre liberales y progresistas. Carlos Goedder
A la memoria de doña Rose Friedman (1910-2009)
LA FRACTURA DEL DIÁLOGO ENTRE LIBERALES Y PROGRESISTAS
Por: Carlos Goedder A la memoria de doña Rose Friedman (1910-2009) Ha de resurgir la discusión de políticas públicas entre los defensores de mayor intervención gubernamental en la economía y quienes preconizan que el mercado libre es socialmente superior. Volver los ojos hacia la política económica vigente entre 1945 y 1973, donde hubo gobiernos esencialmente planificadores, represivos, proteccionistas y burocráticos es un ejercicio nostálgico desafortunado. Se precisa iniciar un nuevo debate. Hay al menos dos discusiones vigentes. En la primera, están los nuevos keynesianos enfrentados a los economistas liberales; los nuevos keynesianos favorecen el intervencionismo gubernamental en economía, en oposición a los liberales, quienes consideran que mayores dosis de libertad económica y mercado son las mejores soluciones sociales disponibles. El otro debate que ocupa a algunas sociedades opone a estos mismos liberales contra los socialistas más recalcitrantes; estos últimos rechazan la economía de mercado y creen en una economía planificada con propiedad estatal como panacea. La historia parece haber resuelto contundentemente que el socialismo y el comunismo derivan inevitablemente en totalitarismo. Por tanto, para poner la discusión en términos más fructíferos, el debate debe concentrarse en cuánta acción gubernamental se precisa sobre los mercados. La línea “progresista” cree que la respuesta es “mucha” y que el mercado es peligroso porque conduce inevitablemente a excesos. La línea “liberal”, en la cual me inscribo, desconfía de que el gobierno sea superior al mercado para obtener resultados económicos eficientes y equitativos, especialmente cuando se considera cómo funciona la política partidista. Para que la discusión entre las posturas esté bien orientada, es bueno aprender del alerta que hace Albert Hirschman en Retóricas de la Intransigencia (1991)[1]. El pensador alemán identifica una serie de argumentos que recurrentemente se adoptan en los debates respecto a cambios sociales. Y tales “lugares comunes” algunas veces pueden usarse para adornar preconcepto, arrogancia o terquedad. En su estudio, Hirschman distingue entre los progresistas, usualmente favorables a transformaciones sociales revolucionarias, y los opone a un pensamiento conservador que desconfía de tales grandes cambios, prefiriendo la evolución gradual y mostrándose hostil hacia las novedades impuestas por leyes, gobiernos o movimientos sociales radicales. Siguiendo al sociólogo Thomas H. Marshall (1893-1981), Hirschman traza tres grandes episodios en el desarrollo dimensional de la ciudadanía, especialmente válidos en el mundo anglosajón. La primera etapa corresponde al Siglo XVIII, cuando el cambio social se orientó a expandir la ciudadanía civil. Es entonces cuando ocurren las Revoluciones orientadas hacia la igualdad ante la Ley y los Derechos del Hombre. En el Siglo XIX la transformación ocurre en la ciudadanía política, cuando la principal reivindicación en la agenda social es extender el sufragio a toda la población adulta. El Siglo XX incorpora la noción de ciudadanía económica y es entonces cuando se considera que sólo es libre el ser humano que alcanza una mínima dignidad socioeconómica, a ser garantizada por las políticas asistenciales emprendidas bajo el Estado Benefactor – seguridad social, reglamentación laboral y educación pública. Ante cada uno de estos cambios ha habido opiniones progresistas favorables y conservadoras opuestas. Usualmente, incluso en períodos históricos diferentes, se corresponden a alguna de estas líneas argumentales. Desde el frente progresista, hay tres tesis defensoras de las reformas: - La tesis de sinergia, según la cual todos los cambios se refuerzan mutuamente de manera armoniosa. Habría una ilusión de “círculo virtuoso” en las sucesivas reformas sociales.
- La tesis del peligro inminente, donde el argumento es que sin el cambio ocurrirá algún cataclismo social inevitable. El Estado del Bienestar sería, por ejemplo, el antídoto contra una revolución social violenta.
- La tesis de la “historia está de nuestra parte”. Siguiendo este enfoque se considera que las transformaciones súbitas están respaldadas por una historia precedente de conquistas sociales de la cual son prolongación inevitable Un ejemplo contemporáneo es la llamada “Revolución Bolivariana”, la cual se cree heredera de la Guerra de Independencia y Federal venezolanas.
La óptica conservadora tiene su propia tríada de argumentos contra cambios sociales bruscos: - La tesis de la perversidad. Según ella las iniciativas de reforma social terminan obteniendo resultados contrarios a los buscados. “La revolución devora a sus hijos” encaja en este razonamiento. Otro ejemplo es el alerta de Milton Friedman (1912-2006) respecto a que el mayor gasto público puede terminar profundizando una recesión al reemplazar gasto privado.
- La tesis de la futilidad. Es incluso más ofensiva, porque ni siquiera considera que las reformas tengan efectos indeseados. Simplemente son inútiles. Al atacar el Estado Benefactor, por ejemplo, George Stigler (1911-1991) argumenta que las políticas asistenciales terminan beneficiando a los grupos que ya tienen más poder económico. Al opinar sobre el voto universal, Vilfredo Pareto (1848-1923) creía que era una máscara para una distribución del poder que es inevitablemente injusta.
- La tesis del riesgo. Considera que una innovación social pone en peligro conquistas previamente obtenidas. En esta línea encaja la visión de Friedrich A. Hayek (1899-1992) donde considera que la intervención gubernamental bajo el Estado del Bienestar puede atentar contra libertades políticas y civiles ya que es imposible alcanzarse el consenso en decisiones políticas.
Al discutir desde un frente progresista o conservador es importante estar consciente de bajo qué línea argumental de las anteriores se opera. Especialmente porque pueden conducir a discusiones irreconciliables e incluso estériles si carecen de soporte empírico. El propósito de Hirschman es que “nuestros debates se tornen más ‘amistosos con la democracia’”. Opinión independiente.
[1] La referencia es HIRSCHMAN, Albert O. Retóricas de la Intransigencia. Traducción de Tomás Segovia. Fondo de Cultura Económica, 1991. El original en inglés es The Rhetoric of Reaction. Perversity, Futility, Jeopardy. También es de 1991.
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