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El Bicentenario de un fracaso. Carlos Goedder
Las naciones que surgieron tras el proyecto bolivariano son esencialmente un fracaso... El Universal 03/05/2010

El Bicentenario de un fracaso. Carlos Goedder

Las naciones que surgieron tras el proyecto bolivariano son esencialmente un fracaso...
Las celebraciones, en Venezuela, para conmemorar la independencia respecto de España están sirviendo para fines proselitistas totalmente ajenos a la historia.

En primer lugar, porque técnicamente la Independencia dista de proclamarse en 1810. Más bien, 1810 fue una manifestación de lealtad a la monarquía borbónica española. Efectivamente, tras la invasión de España por Napoleón, es impuesto como rey José Bonaparte como José I; la reacción en la península ibérica y en las colonias fue declarar la lealtad al rey depuesto, Fernando VII. Habría bastado que Fernando VII hubiese vuelto al trono más de prisa para que, quizás, se hubiese demorado por otros años más el proyecto independentista.

Mantenerse leal a Fernando VII significaba respaldar unas instituciones caducas. España había dejado pasar la oportunidad de ser el más poderoso imperio: el oro recibido de América tan sólo sirvió para alimentar un desenfrenado gasto militar en cuanto a guerra europea hubo, a lo cual se sumó una ética individual ajena al trabajo; la búsqueda de prebendas, el desprecio por el trabajo manual y por el comercio, las restricciones sofocantes al intercambio de bienes e ideas, la Inquisición. Toda esta suma de enemigos de la libertad fueron los artífices de la decadencia hispana. Apoyar a Fernando VII, que fue lo ocurrido en 1810, representaba dar continuidad a este viejo orden cimentado por la monarquía de los Austrias y luego de los Borbones.

Cuando realmente se inicia una ruptura institucional es en 1811. En países como Argentina la declaración formal de Independencia demoraría hasta 1816. Y más que una secesión, la independencia americana fue concebida por sus mentes más brillantes como una discontinuidad respecto a las instituciones caducas del imperio.

Los americanos criollos que habían tenido la oportunidad de viajar y acceder a libros prohibidos en América, fueron testigos en su propio tiempo del atraso comparativo que España tenía respecto a la laboriosa Inglaterra y Estados Unidos de América. Al beber las ideas de la Ilustración y la Revolución Francesa, los ilustrados americanos pretendieron hacer realidad la libertad en el Nuevo Mundo.

Esa libertad política fue conseguida con un sacrificio cuantioso de vidas y bienes. En lugar de ser obtenida por un héroe de la Ilustración, como lo fue Francisco de Miranda (1750-1816), la independencia andina es conquistada esencialmente por un hijo del Romanticismo como fue Simón Bolívar (1783-1830), de allí que persista, merecidamente, una dimensión épica y heroica de aquella independencia, donde una nación naciente era capaz de bautizarse con el mismo nombre de su Libertador. Aquel fue un tiempo desmesurado, lleno de imposibles que se transmutaban en realidad.

La libertad económica y social aún sigue sin alcanzarse en estas tierras libertadas. El reclamo por una revolución económica ya lo hacía el maestro de Bolívar, Simón Cayetano Rodríguez (1769-1854), desde sus escritos inmediatamente posteriores a la Independencia.

Pareciese que realmente en 2010 se está rindiendo homenaje al orden oscuro y autoritario del cual intentaron separarse los independentistas. El Bicentenario está siendo, como en 1810, una proclamación de lealtad hacia las fuerzas sepultureras de América: el estatismo, las trabas legales al trabajador y al emprendedor, las restricciones al libre flujo de bienes, servicios, ideas y seres humanos. Se está proclamando la lealtad al mercantilismo y a un fantasma del siglo XX, el comunismo, contra el cual hubiesen tomado armas los propios libertadores de haberlo conocido.

Como dolorosa humillación a los próceres y reiteración de que su tarea quedó incompleta, está el descalabro institucional de los países libertados. Las naciones que surgieron tras el proyecto bolivariano -Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia- son esencialmente un fracaso económico y social. Gobernadas por el imperio del narcotráfico y la violencia, divididas por la pobreza, todas estas sociedades reclaman libertad.

La única prueba de que valió la pena independizarse del antiguo régimen español es que se relance el grito de libertad en suelo americano. Y este grito ha de incluir la libertad política, social y económica, rechazando el totalitarismo. El eco ha de ser un régimen democrático, donde se sepulte al autoritarismo.

Mientras que tales iniciativas permanezcan sin concretarse, seguiremos asistiendo a un pantagruélico réquiem por una libertad nunca obtenida.

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